El niño sin brazo

Del libro Ahora solo queda la ciudad, de Cristian Romero, les dejamos “El niño sin brazo”…

***

Daniel, un niño al que le falta el brazo derecho, va a visitar a su madre en el hospital mental, acompañado de su tía. Mientras van en camino, piensa qué le dirá a su madre cuando ella le pregunte en dónde escondió su brazo y por primera vez, ya harto de esta situación, decide no responderle. Entonces se le viene a la memoria el accidente en el cual, hace más o menos dos años, perdió el brazo. La verdad es que no recuerda muy bien ese día. Su padre conducía un poco mal humorado, discutía con su madre por alguna de las tantas razones que siempre tenían a la mano para discutir, y de pronto el auto de un borracho los arrolló. Lo que Daniel sí recuerda con claridad es el instante después del accidente: el mundo al revés, los gritos de su madre, la gente tratando de ayudarlos y un dolor terrible comiéndosele el brazo por encima del codo. Luego cerró los ojos.

En realidad, no lamenta haber perdido su brazo. Lo que aún hoy le mortifica, es que ese miembro amputado se hubiese convertido en la criatura que le trastocó su mundo. Fue un solo corte. Profundo, muy profundo. Quedó colgando de hilos de carne y hueso astillado. Tal vez, reflexiona Daniel mientras siente que todo se vuelve más frío en los corredores del hospital mental, si no hubiese sucedido lo que sucedió, en casa todo seguiría en orden.
O tal vez no.

Daniel despertó unos días después del accidente, con el muñón vendado y un hambre insaciable. Aunque su padre apenas fue capaz de sonreír cuando le vio abrir los ojos, por la forma como parpadeó, Daniel notó que se sentía aliviado. Su madre, vendada, con un cuello ortopédico y varias heridas en la cara, le acariciaba la frente. En ese momento a Daniel le gustó la imprecisa sensación de ausencia en su cuerpo. A pesar de verse sin brazo, podía sentir un hormigueo llenando ese vacío, como si el brazo se siguiera moviendo en algún lugar.

Tranquilo, él está bien, le dijo su madre. Daniel no entendió. El doctor que lo chequeaba en el momento dijo: ¿Están seguros de que desean conservarlo? Daniel buscó los ojos de sus padres, tratando de encontrar una explicación, pero los dos desviaron la mirada y dijeron a coro: Sí.

La tía le dice a Daniel que los médicos están seguros de que pronto su madre se pondrá bien, y él piensa para sus adentros que todo es mentira, que su madre nunca se pondrá bien y nunca regresará a casa. Y entonces se pregunta: ¿Acaso no son mejores las cosas así? Mientras espera que su tía llene papeles y hable con el doctor, piensa en el momento en que cruzaron la puerta de su casa y vio la espalda de su madre perderse en su habitación, con el brazo acunado como si fuese un bebé, y secundada por el silencio incómodo de su padre. Sí, en ese instante fue que supo que las cosas no volverían a ser iguales. Nunca más. Ese brazo había llegado para quedarse, había llegado para ocupar un lugar que no le correspondía. La lógica en casa había cambiado drásticamente, y ahora parecía que él solo fuese un fantasma deambulando silencioso y meditabundo por sus pasillos, añorando algo que, tal vez, ni siquiera le gustaba, pero que en definitiva alcanzaba a extrañar. De eso sí estaba seguro.

En las noches, Daniel veía cómo acostaban el brazo en una cuna —la cuna que fue su cuna— en su misma habitación. La madre le hacía cariñitos, le decía lo hermoso que era, y Daniel veía asomarse esos dedos que alguna vez fueron suyos, desesperados, pidiendo más mimos. El padre siempre miraba sobre la espalda de la madre, como si observara un lagarto en un terrario, y después miraba a Daniel con la culpa brillando en sus ojos. Daniel alegaba que le buscaran otro lugar a ese brazo, pero su madre respondía: Por Dios, Daniel, es tu brazo. Y luego zanjaba la conversación con un silencio acusador, como si ese argumento fuera más que suficiente. Más tarde, escuchaba a sus padres discutir con la voz muy baja, como si así él no los fuese a escuchar. Su madre decía: Ya calla, que el brazo duerme, y la casa se sumía en un silencio ominoso reverberado por la oscuridad de la noche. Entonces Daniel, aterrado, empezaba a escuchar el pulso del brazo, allá, al otro lado de la habitación, y ese sonido irregular lo mantenía despierto hasta muy altas horas de la madrugada.

En las mañanas, muy temprano, Daniel se despertaba bastante agotado, y, cuando iba a la cocina a buscar algo para comer, encontraba a su padre tomando una taza de café, con unas pronunciadas ojeras ensombreciéndole la expresión, y mirando muy concentrado cómo el brazo se arrastraba por el suelo.

Los días siguientes fueron una masa amorfa sin nada que los diferenciara, excepto el hecho de que cada vez la atmósfera en casa se volvió más gris. Sus padres no paraban de discutir y Daniel asistía a las sesiones con el sicólogo, en las cuales guardaba un silencio inquebrantable ante cualquier pregunta que él le hacía, anhelando no tener que volver a la escuela.

Daniel camina con su tía por un sendero de piedra que atraviesa un jardín enorme, lleno de personas extrañas que hablan consigo mismas, lloran, se golpean la cabeza o miran el cielo concentradas, sin ni siquiera pestañear. Al fondo, reconoce a su madre, sentada en una silla y con los ojos clavados en el suelo. Daniel suspira y, resignado, se prepara para otra visita que con seguridad terminará igual a las demás. Cuánto daría por no tener que volver a ir a ese lugar, por no tener que volver a ver a su madre. Maldice de nuevo a ese brazo que le arruinó su tranquilidad, y lo maldice con el mismo desprecio con el que lo hacía cuando lo encontraba en medio de sus juguetes, revolcándose feliz entre ellos. En esos momentos se llenaba de impotencia al ver que esa cosa, que para él no tenía nombre, se estaba apoderando de lo que alguna vez fue suyo. Luego lo encontraba debajo de la cama. Luego en el jardín. Luego en el baño. Y su madre siempre corría histérica por la casa, dejando salir gritos de desespero, alegando que si algo le llegara a pasar a ese brazo hermoso, todos se la iban a pagar. Su padre, mientras tanto, caminaba como un alma en pena, ignorando todo a su alrededor. Y su tía, que de cuando en cuando los visitaba, le decía que no se preocupara, que pronto todo volvería a estar bien. Lo decía con ese tono por el que Daniel, hace mucho tiempo, le dejó de creer.

Su madre no los saluda. La tía le entrega unas frutas y le dice que la extrañan, que Daniel tenía muchas ganas de verla y decirle cuánto la quiere. Daniel se limita a escuchar. Y a recordar a su padre. Es en estas situaciones cuando desea poder tenerlo a su lado. Se pregunta qué estará haciendo, en dónde andará; una pregunta que ha procurado no volver a hacerse pero que, persistente, vuelve a su vida una y otra vez. Lo extraña, así no quiera aceptarlo.

Porque una mañana, no hace mucho tiempo, su padre se marchó. No dijo para dónde iba ni cuándo volvería. Y nunca volvió. A veces llamaba, al parecer desde un lugar muy lejano, porque a Daniel le daba la impresión de que su voz se escuchaba a millones de kilómetros de distancia, y sostenía una conversación de escasos minutos en la que, por lo general, se limitaba a hacer preguntas intrascendentes, como por ejemplo: ¿Cómo está el clima por allá? Su madre ni siquiera volvió a preguntar por ese hombre, para ella era como si nunca hubiese existido, pues ahora su vida giraba en torno a ese brazo asqueroso que se arrastraba por las escaleras, por la sala, por la cocina, siempre listo a indisponerle el día a Daniel. Esa deliberada indiferencia de la madre inquietó al niño, pues parecía que pronto, en cualquier momento, él también haría parte del paisaje, como un objeto más.
Su madre no dice nada durante toda la visita y, muy de vez en cuando, le regala a Daniel unas miradas llenas de desprecio. Eso a él ya le dejó de importar, ya está más que acostumbrado, y entonces recuerda lo que hizo con ese brazo del demonio y no siente el más mínimo atisbo de culpa en su interior. Esa noche sentía el brazo retorciéndose dentro de la bolsa, como un gato desesperado. Afuera hacía frío. Las noches en las calles de ese barrio siempre habían sido de lo más solitarias, pero a Daniel ya no le daba miedo. Regresó la vista a la casa y allá, en medio de los árboles, pudo ver la ventana de la habitación de su madre. La luz estaba apagada, todo marchaba según lo planeado.

Llegó al parque y, en medio de los arbustos, estaba el hoyo que durante todos esos días cavó con su única mano. Fue un trabajo difícil, pero valió la pena. Dejó caer el bulto dentro del hoyo, y el brazo, como si presintiera lo que estaba a punto de suceder, se agitó desesperado, rompiendo la bolsa con las uñas. Antes de que el brazo pudiera empezar a arrastrarse, Daniel agarró una piedra y la dejó caer sobre él. Luego lanzó otra y, para mayor seguridad, otra más. Al final, con su única mano y ayudado de sus pies, le echó tierra.

Después de eso su madre nunca pudo recuperarse. Cayó en una profunda depresión y acabó de perder la cordura. A veces amenazaba a Daniel, diciéndole que si no le confesaba en dónde estaba el brazo, lo echaría a la calle a que se muriera de frío. El padre nunca volvió a llamar y la tía se hizo cargo del niño. La madre fue internada en un hospital mental y, desde eso, Daniel trata de evadir de todas las formas posibles la obligación de ir a visitarla, pero su tía siempre termina arrastrándolo hasta ese lugar. Como hoy, por ejemplo. En este mismo instante, la madre, que nunca le habla directamente a Daniel, le dice a su hermana: Pregúntale a este niño en dónde metió el brazo; el pobre tiene frío, yo sé que tiene frío.
Daniel, al escucharla, solo sonríe y mira en otra dirección.

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Fantasmagoría

Un cuento de Emilio Alberto Restrepo, perteneciente al libro Gamberros S. A., ganador de las becas de Presupuesto Participativo de Medellín.

***

Durante muchos años evoqué las tibias vibraciones de ese tranvía que rodaba por Ayacucho, atravesaba el río y me llevaba hasta La América.

En esa época yo visitaba a mi prometida de entonces. Yo no sabía que cuando nos despedíamos y abordaba de nuevo el vagón para regresar a mi barrio, ella se dedicaba a recibir a aquel sujeto bigotudo, de traje presuntuoso y sombrero bombín que llegaba en su propio auto, desde Belén, el barrio en el que vivía, mucho más cerca de su casa. Él no viajaba en tranvía. Ante eso, era muy difícil competir. Con el tiempo se convertiría en su esposo, pero no le duró mucho la dicha, porque a los pocos meses yo me encargué de que hiciera la transición a viuda sin que apenas nadie me relacionara con los hechos. Todo pasó como un desafortunado accidente. Era una simple cuestión de reparación que me debía la engañera.

Esa ha sido mi mayor ventaja: paso desapercibido, casi nadie nota mi presencia y casi nadie me echa una segunda mirada. Todavía hoy sigue siendo de la misma forma. Incluso se ha acentuado más con el paso del tiempo. Es apenas natural.

Por eso me era tan fácil escabullirme tras de aquellos malandros que atracaban borrachos o campesinos en la plaza de Cisneros o en Guayaquil y, luego de despojarlos de sus sueldos o hasta apuñalarlos, se montaban con toda la tranquilidad en el tranvía para llegar a sus casas como si nada perturbara su conciencia. Por aquellos días, yo gastaba mi tiempo en hacer el recorrido y mirar la gente y la ciudad a través de sus ventanas y ver pasar todo tipo de cosas y aburrirme de tener que quedarme callado viendo abusos, robos y maltratos sin poder hacer nada al respecto. Hasta que no me aguanté y con sigilo empecé a detectar a cada sujeto que hacía una cosa mala; entonces lo acechaba, muchas veces siguiéndolo hasta calles oscuras en las barriadas, haciéndole pagar por haber atracado a ese anciano o a ese obrerito o a esa salonera que había infamado su cuerpo con alientos y sudores de borrachos para llevarles comida a su madre y hermanitos.

Durante años, a falta de otra ocupación y totalmente convencido de la bondad de mis acciones, ejercí la justicia por mis propios medios, librando a la ciudad de muchas de esas alimañas que tanto mal le hacían a las gentes de bien, que estaban desprotegidas ante la iniquidad y el crimen. Casi nunca tuve problemas, jugaba con ventaja y al terminar la ruta llegaba a mi cuartico con la satisfacción del que hace las cosas bien hechas, con compromiso y criterio social.

Nadie lo sabía, pero me había convertido en un héroe anónimo que defendía al ciudadano del abuso y la agresión de los rufianes. Me había quedado con nadie, así que nadie me esperaba al llegar por las noches; estaba curado en asuntos de malos amores y soledades y en el tranvía tenía todo lo que necesitaba para pasar mi tiempo y detectar a aquellos que le hacían mal al prójimo, haciéndoles pagar por ello.

Tuve que parar cuando me gané una cuchillada de un ladronzuelo de dedos ágiles, más escurridizo que todos, que terminó clavándome su daga en todo el pecho. Fui a dar con mis carnitas al hospital de San Vicente, literalmente vi el túnel, recorrí oscuros e insondables senderos, pero al volver a mis andanzas no descansé hasta que el maldito terminó bajo las ruedas de una volqueta, empujado por un par de brazos obstinados contra su espalda en una de las curvas bruscas que daba el tranvía al cambiar de ruta, retomando el sentido de El Bosque de la Independencia hacia el centro.

Luego de eso, el nuevo orden de vida arrasó con muchos aspectos de la ciudad, entre ellos el tranvía de Ayacucho, que se había vuelto parte mi existencia. Sin él muchas cosas no tenían sentido, todo flotaba como en medio de una nube, la gente pasaba por mi lado sin apenas verme y me tocó conformarme con ser un sujeto pasivo contra una muchedumbre de pillos que crecía y crecía al vaivén loco de una ciudad que no hacía sino multiplicarse sin control, a un ritmo de vértigo que me hizo cruzar los brazos en una desazón que me hería de impotencia.

Ahora escucho en todas partes que el tranvía vuelve; es una realidad que vuelve y no veo la hora de montar en él y divisar de nuevo esta mole de ciudad que tanto se ha transformado. Yo no he cambiado para nada, lo he extrañado demasiado, no veo la hora de que arranque nuevamente, me imagino que a más velocidad y con menos vibraciones, pero tranvía es tranvía. Tiene una magia que no sé explicar.

Ardo en deseos de volver a montarme en él, de apoderarme de un asiento y una ventanilla y dar vueltas y vueltas en un circuito que nunca es igual al otro. Me veo discreto, callado, haciéndome el desentendido, pero sin bajar la guardia, siempre alerta y vigilante. No veo la hora de estar pendiente y observar con disimulo a los malos que siempre están rondando a los buenos para tratar de dar el zarpazo, pretendiendo pasar impunes y sin un rasguño.

Después de su golpe vendrá el mío, de eso pueden estar seguros, y ya no tengo nada que perder.

Extraño los buenos tiempos, y sé que puedo recuperar las sensaciones de los mejores años y volver a sentir todo eso que sentía, ese regocijo, ese aturdimiento, esa pasión que me embargaba cuando hacía justicia con mis manos, incluso cuando todavía estaba vivo. Ahora con mayor razón.

Ese ha sido mi destino desde siempre: vivir para regocijarme de la venganza justiciera que me alimentaba y morir en mi ley, nadando en esas pantanosas aguas de la revancha. En este instante ya no veo la hora de tener una nueva oportunidad en el tranvía de Ayacucho, ahora que mis carnes se han vuelto inmunes a los cuchillos, a los golpes, a las balas, al olvido…

Ojos de gata

Detrás de Ojos de gata hay unos ojos de mujer que escudriñan el mundo y unas manos que hilan con palabras lo que la observación aguda ha ido revelando. Y hay una voz serena para plasmar los versos, que no por ello están exentos de ironía, dulzura, alegría, nostalgia.

Bienvenidos a la poesía de Diana Isabel Pizarro Cano.

 
A LA ORILLA DE TU EXILIO

 
Una parte de mí sigue sentada
a la orilla de tu exilio.
Espejismos de ti
prolongan los vestigios
de tu olor en el viento.
Artilugios de tus manos
cuelgan de las repisas
donde esa parte de mí
guarda el pasado descompuesto.
Esquirlas de tu risa
forman un campo minado
en medio de las sienes
de esa parte de mí que te desea.

La otra parte
camina descalza por los charcos tuyos,
se viste de roble
y deambula por la ciudad
ignorando tu rastro en las paredes.

Hay nubes de lluvia
sobre la acera opuesta
y esa otra parte de mí
eleva cometas cargadas con tus cosas.
Aquellas bocas grises
devoran las cometas y las cosas tuyas;
las desaparecen a navajazos líquidos.
Y esa parte de mí que no te espera
se sienta también a la orilla de tu exilio
viendo cómo te esfumas bajo los edificios
donde las partes de mí
en las que me divides
se reúnen sin ti a des-amarte.

 
MUJER A LA SOMBRA DE SU PIEL

 
Érase una vez lo abominable
agrietando los cristales azules de unos ojos.
La herejía asesina que delinque
en el nombre del Padre,
la maleza antropófaga
que brota del vientre,
las cicatrices supurantes
curadas a medias
con licor y agua bendita.
Érase una vez
la sonrisa de un ángel perdido,
las manos que moldean la impudicia
y hacen nacer lo bello,
la blancura de una mujer de polvo y bruma,
de lágrimas y sudor,
de una mujer sin silueta a la sombra de su piel.

 
REMEMBRANZA

 
Una puerta
para las huellas dactilares.
Una silla
para la curvatura de la espalda.
Una vasija
para el aroma de sándalos nocturnos.
Una ventana
para el viento de la tarde campesina.
Una fotografía
para el brillo de unos ojos de laguna.
Una mesa
para la vendimia de palabras.
Un baúl
para los fragmentos de alegría.
Un candelabro
para el calor de una sonrisa.
Un tocadiscos
para el ritmo de los cuerpos que fluyen.
Una cama
para la vida que cabe en un instante.
Un poema
para la memoria
de las cosas con alma
que deambulan
por los rincones de la casa.

Humillado

Es la vida del barrio la que se sucede en Las redes de Vulcano, el libro de cuentos de Absalón Palma. Y “Humillado” no es la excepción: en este se revelan las relaciones de odio y amor, respeto y miedo, que gobiernan las tardes de los muchachos que crecen casi silvestres en las calles empinadas de una ciudad en la que hasta lo impensado puede ocurrir.

 

HUMILLADO

Absalón Palma

No quise ofenderlo; lo que pasa es que, a veces, uno no aguanta más la humillación. Yo siempre me había sometido porque lo admiraba, bueno, también porque le tenía temor. La obediencia y abnegación siempre habían sido una de mis formas de defensa para evitar el castigo; por eso nunca me hice azotar de mi padre, que era de mano dura con mis hermanos. Él también fue una especie de hermano mayor o de autoridad para los muchachos del barrio, incluso nos sometía a castigos, como cuando amarró a Quique y al Flaco a un árbol que tenía un nido de hormigas coloradas, de esas que miden casi un centímetro y que su picadura no solo produce un gran dolor, sino que además forma enormes ronchas en la piel. Según él, para que se volvieran hombres. A mí no me agarró porque ese día no estaba en la calle. Mi madre me había encomendado cuidar a mi abuela, que vivía al otro lado del barrio, porque estaba convaleciente de una operación. Pero si me hubiera visto, tal vez habría sido otra víctima del nido de las hormigas. Sin embargo, me seguía infligiendo humillaciones delante de los demás, me ponía a hacer sus encargos y me obligaba a irme de la esquina cuando estaba de mal humor. Creo que hubiera deseado las hormigas coloradas para comprobarle que también yo era un hombre. Pero él nunca me tuvo en cuenta cuando de probar hombría se trataba. Prefería al Flaco, al que le enseñaba a manejar el cuchillo. ¿Y quién no hubiera querido unas lecciones con él, siendo el más diestro con el acero? Por eso era de respeto en el barrio, bueno, también por su decisión y por el deseo constante de entrar en camorra. Después apareció con un revólver. Decían que hacía parte de una banda que cometía asaltos y mataba gente. Ese fue el tiempo en que le tuve más miedo y él, como los perros, parecía que lo olfateaba. Y yo seguía en la misma posición: sometido, esperando no ofenderlo, con el fin de que desviara su mirada hacia otro lado, que constantemente tenía puesta sobre mí. Por eso no entiendo por qué, ante su última burla, reaccioné así, gritándole de una forma desafiante delante de toda la barra. Él se quedó atónito, sorprendido de que yo me rebelara. Luego, su rostro se fue transformando hasta quedar completamente desfigurado por la ira. Yo estaba asustadísimo, esperando el peor de los castigos; sin embargo, cuando él se me abalanzó, como todo animal que se defiende del dolor, corrí con todas mis fuerzas. Pero no era suficiente, él estaba casi encima de mí, y para colmo, tomé el peor camino, pues al final había un barranco que no pensé que pudiera saltar porque tenía por lo menos cinco metros de profundidad, así que, cuando estaba al borde del precipicio, giré abruptamente a un lado logrando esquivar la caída. Lo que no pensé fue que él, el más habilidoso, el más sagaz, el más valiente que había imaginado no pudiera superar esta dificultad y se fuera de bruces hacia el vacío. Hubiera podido huir y ocultarme para salvaguardar mi vida, y esperar a que el tiempo atenuara los rencores, pero escuché sus gritos de dolor y, no sé por qué, rodeé el barranco y bajé. Él se revolcaba en el suelo sosteniéndose un brazo; su nariz estaba ensangrentada. Parecía que también se había lastimado una pierna porque trataba de ponerse de pie y no lo lograba. Me parecía incomprensible que este ser superior se viera tan frágil y expuesto ante alguien tan insignificante como yo. Su arma estaba tirada a un lado sin que él la pudiera alcanzar. Creo que haberla tomado fue un error del que siempre me lamentaré; también haberle apuntado, tembloroso —yo que jamás había cogido un revólver en mis manos— y haber apretado el gatillo en seis ocasiones. Ahora estoy muy triste. De noche me despierto sudoroso. Veo la imagen de su rostro, aterrada, los ojos desorbitados cuando sostenía el arma frente a él. Yo, que siempre lo admiré y respeté, me siento vacío porque ya no está.

 

Humo dulce

Con serenidad, como quien se ha reconciliado con sus heridas, el narrador de “Humo dulce” , cuento que da título al primer libro de Juan David Gutiérrez, nos muestra una de las tantas formas del amor; esas que no comprendemos a veces, que ni siquiera nos atrevemos a llamar de tal modo y solo se revelan ante nosotros cuando ya el tiempo ha cobrado lo suyo.

 

HUMO DULCE

Juan David Gutiérrez

“Mi padre debió haber sido mi abuelo”… decía él.
“Es muy viejo para ser mi padre; yo muy joven para ser su hijo”.
“Nunca hablamos, nada tenemos que hablar; nunca nos demostramos afecto, él jamás lo ha hecho y yo me acostumbré a no hacerlo; nunca actuamos como padre e hijo”.

Una tarde, cuando el anciano ya estaba desahuciado, el hijo fue a visitarlo. Como siempre, estaba acompañado por su madre.
Ella lo recibió con la cordialidad habitual, sin remilgos. La empleada ya se había ido, así que le pidió quedarse unos minutos con el enfermo, mientras ella iba por un café.
Se sentó sobre la cama, cerca de la reclinable en la que antes su papá leía y ahora solo despedía la vida. Ya no leía, ya no hablaba, ya no reía; solo fumaba; compulsivamente, como si cada cigarrillo fuera el último.
El hijo saludó. El otro solo miró; no hizo ningún gesto que expresara que había notado su presencia.
Cuando revisaba su agenda para hacer una llamada, el carraspeo del anciano lo hizo mirarlo. Había apagado el cigarrillo sin terminar, aplastándolo en el cenicero.
—¿Te prendo otro, papá? —le preguntó.
No respondió, pero se quedó mirándolo fijamente. El hijo notó algo diferente en sus ojos, pues no reflejaban la mirada vacía de las últimas semanas. Era más viva, más luminosa, más cálida quizá. Eso lo asustó.
—¿Quieres algo?
Con su mano, el viejo le pidió acercarse. Luego, musitando, le dijo:
—Te regalo mis pipas.
—¿Qué dijiste?
—La vieja las tiene. Están llenas de historias —concluyó y, entrando de nuevo en su trance de partida, dejó ir su mirada al vacío, relajó su mandíbula y señaló temblando el paquete de Pielroja.
—¿Por qué a mí? —preguntó el otro, sin obtener respuesta.
—¿Para qué pipas? Yo no fumo.
—Él no te oye, mijo —le dijo su madre, que recién regresaba—. Ya está perdido del todo —terminó, mientras encendía un cigarrillo, que el anciano recibió, por simple reflejo.

 

A la muerte del enfermo, la madre convocó a los hijos para repartir las pertenencias más íntimas. El joven pidió la cajita de las pipas. No la abrió en la reunión; quería entender el mensaje cuando estuviera solo.
Ya en su apartamento de soltero, preparó un ron, puso su música, se sentó en el sofá y la destapó.
Esperaba quizá un mensaje especial; algo escrito a escondidas; un papelito enrollado con un insólito secreto. Pero no. En el cofre había tres pipas, una herramienta para sacar la ceniza y limpiar boquillas, un paquete de picadura sellado, con aroma de canela, y dos más, empezados, uno de chocolate y otro de miel.
Sacó una a una las pipas. Aún olían a tabaco. Estaban curtidas, como los dedos del viejo. Se recostó; cerró los ojos. De inmediato recordó un día de infancia, en la sala de la casona familiar. Oyó, como si estuviera ahí, el televisor en el segundo piso, la máquina de coser, los carros en la aún poco transitada avenida, la flauta de Luis en el balcón, el pasar de páginas de periódico del viejo lector silente.
Tapó la caja. Los recuerdos le llegaron en tropel, como una película en alta velocidad, presentada desde el más allá.
La abrió de nuevo. Tomó la herramienta que su padre trajo de Europa. Pensó en aquel viaje, cuando él apenas tendría diez años; el ajedrez enchapado en marfil, la miniatura de la torre Eiffel, el librito de postales. Era la época de la finca de San Antonio, del cafeto en el prado, del columpio en el níspero, de los espantos.
Sin darse cuenta, terminó el ron. Sacó las picaduras. Abrió solo la de miel.
Sintió temor, pues le pareció oír al viejo toser. Inhaló de lejos el aroma del tabaco; sonrió. Recordó una escena de infancia: tendría quizá nueve años; eran alrededor de las cinco de la tarde. Aún la familia era de niños. Él hacía una tarea de Historia en el comedor. Como una sierpe invisible, el humo de la pipa de su padre fue inundando sin afanes la sala, el comedor, la cocina. Al sentir el humo dulce, el “en aquel tiempo niño” levantó la cabeza y miró a su alrededor: todos estaban en silencio, cada uno en lo suyo; noticias desde el transistor, silbido de olla a presión; y ahí, sentado en su mecedora, el viejo, aún joven, sin hablar, miraba, analizaba, cobijaba a su prole con el simple estar.
En esos años aún hablaba; poco, pero algo. Luego se fue apagando y su ser, como aquel humo dulce, se fue fundiendo lentamente entre los recovecos de las vidas de sus muchos hijos.
No sintió necesario abrir los otros dos paquetes. Reviviendo recuerdos, trajo a su turbio presente trozos de vida clarificadores. Quizá tardíamente, se dio cuenta de que aquel hombre siempre les había hablado en silencio y había estado abrazándolos a cada instante con su energía quieta. Entendió, recordando lo que el viejo quiso hacerle recordar, que para hablarles no tenía que hablar y que podía abrazarlos con solo una mirada, con solo su presencia.