Humo dulce

Con serenidad, como quien se ha reconciliado con sus heridas, el narrador de “Humo dulce” , cuento que da título al primer libro de Juan David Gutiérrez, nos muestra una de las tantas formas del amor; esas que no comprendemos a veces, que ni siquiera nos atrevemos a llamar de tal modo y solo se revelan ante nosotros cuando ya el tiempo ha cobrado lo suyo.

 

HUMO DULCE

Juan David Gutiérrez

“Mi padre debió haber sido mi abuelo”… decía él.
“Es muy viejo para ser mi padre; yo muy joven para ser su hijo”.
“Nunca hablamos, nada tenemos que hablar; nunca nos demostramos afecto, él jamás lo ha hecho y yo me acostumbré a no hacerlo; nunca actuamos como padre e hijo”.

Una tarde, cuando el anciano ya estaba desahuciado, el hijo fue a visitarlo. Como siempre, estaba acompañado por su madre.
Ella lo recibió con la cordialidad habitual, sin remilgos. La empleada ya se había ido, así que le pidió quedarse unos minutos con el enfermo, mientras ella iba por un café.
Se sentó sobre la cama, cerca de la reclinable en la que antes su papá leía y ahora solo despedía la vida. Ya no leía, ya no hablaba, ya no reía; solo fumaba; compulsivamente, como si cada cigarrillo fuera el último.
El hijo saludó. El otro solo miró; no hizo ningún gesto que expresara que había notado su presencia.
Cuando revisaba su agenda para hacer una llamada, el carraspeo del anciano lo hizo mirarlo. Había apagado el cigarrillo sin terminar, aplastándolo en el cenicero.
—¿Te prendo otro, papá? —le preguntó.
No respondió, pero se quedó mirándolo fijamente. El hijo notó algo diferente en sus ojos, pues no reflejaban la mirada vacía de las últimas semanas. Era más viva, más luminosa, más cálida quizá. Eso lo asustó.
—¿Quieres algo?
Con su mano, el viejo le pidió acercarse. Luego, musitando, le dijo:
—Te regalo mis pipas.
—¿Qué dijiste?
—La vieja las tiene. Están llenas de historias —concluyó y, entrando de nuevo en su trance de partida, dejó ir su mirada al vacío, relajó su mandíbula y señaló temblando el paquete de Pielroja.
—¿Por qué a mí? —preguntó el otro, sin obtener respuesta.
—¿Para qué pipas? Yo no fumo.
—Él no te oye, mijo —le dijo su madre, que recién regresaba—. Ya está perdido del todo —terminó, mientras encendía un cigarrillo, que el anciano recibió, por simple reflejo.

 

A la muerte del enfermo, la madre convocó a los hijos para repartir las pertenencias más íntimas. El joven pidió la cajita de las pipas. No la abrió en la reunión; quería entender el mensaje cuando estuviera solo.
Ya en su apartamento de soltero, preparó un ron, puso su música, se sentó en el sofá y la destapó.
Esperaba quizá un mensaje especial; algo escrito a escondidas; un papelito enrollado con un insólito secreto. Pero no. En el cofre había tres pipas, una herramienta para sacar la ceniza y limpiar boquillas, un paquete de picadura sellado, con aroma de canela, y dos más, empezados, uno de chocolate y otro de miel.
Sacó una a una las pipas. Aún olían a tabaco. Estaban curtidas, como los dedos del viejo. Se recostó; cerró los ojos. De inmediato recordó un día de infancia, en la sala de la casona familiar. Oyó, como si estuviera ahí, el televisor en el segundo piso, la máquina de coser, los carros en la aún poco transitada avenida, la flauta de Luis en el balcón, el pasar de páginas de periódico del viejo lector silente.
Tapó la caja. Los recuerdos le llegaron en tropel, como una película en alta velocidad, presentada desde el más allá.
La abrió de nuevo. Tomó la herramienta que su padre trajo de Europa. Pensó en aquel viaje, cuando él apenas tendría diez años; el ajedrez enchapado en marfil, la miniatura de la torre Eiffel, el librito de postales. Era la época de la finca de San Antonio, del cafeto en el prado, del columpio en el níspero, de los espantos.
Sin darse cuenta, terminó el ron. Sacó las picaduras. Abrió solo la de miel.
Sintió temor, pues le pareció oír al viejo toser. Inhaló de lejos el aroma del tabaco; sonrió. Recordó una escena de infancia: tendría quizá nueve años; eran alrededor de las cinco de la tarde. Aún la familia era de niños. Él hacía una tarea de Historia en el comedor. Como una sierpe invisible, el humo de la pipa de su padre fue inundando sin afanes la sala, el comedor, la cocina. Al sentir el humo dulce, el “en aquel tiempo niño” levantó la cabeza y miró a su alrededor: todos estaban en silencio, cada uno en lo suyo; noticias desde el transistor, silbido de olla a presión; y ahí, sentado en su mecedora, el viejo, aún joven, sin hablar, miraba, analizaba, cobijaba a su prole con el simple estar.
En esos años aún hablaba; poco, pero algo. Luego se fue apagando y su ser, como aquel humo dulce, se fue fundiendo lentamente entre los recovecos de las vidas de sus muchos hijos.
No sintió necesario abrir los otros dos paquetes. Reviviendo recuerdos, trajo a su turbio presente trozos de vida clarificadores. Quizá tardíamente, se dio cuenta de que aquel hombre siempre les había hablado en silencio y había estado abrazándolos a cada instante con su energía quieta. Entendió, recordando lo que el viejo quiso hacerle recordar, que para hablarles no tenía que hablar y que podía abrazarlos con solo una mirada, con solo su presencia.

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Un comentario en “Humo dulce

  1. Excelente el cuento Humo dulce, la esencia del mismo, la profundidad que maneja el escritor para llevar al lector por el camino de una historia de color sepia que flota entre lo antiguo y lo moderno.

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