Mes: abril 2016

Humillado

Es la vida del barrio la que se sucede en Las redes de Vulcano, el libro de cuentos de Absalón Palma. Y “Humillado” no es la excepción: en este se revelan las relaciones de odio y amor, respeto y miedo, que gobiernan las tardes de los muchachos que crecen casi silvestres en las calles empinadas de una ciudad en la que hasta lo impensado puede ocurrir.

 

HUMILLADO

Absalón Palma

No quise ofenderlo; lo que pasa es que, a veces, uno no aguanta más la humillación. Yo siempre me había sometido porque lo admiraba, bueno, también porque le tenía temor. La obediencia y abnegación siempre habían sido una de mis formas de defensa para evitar el castigo; por eso nunca me hice azotar de mi padre, que era de mano dura con mis hermanos. Él también fue una especie de hermano mayor o de autoridad para los muchachos del barrio, incluso nos sometía a castigos, como cuando amarró a Quique y al Flaco a un árbol que tenía un nido de hormigas coloradas, de esas que miden casi un centímetro y que su picadura no solo produce un gran dolor, sino que además forma enormes ronchas en la piel. Según él, para que se volvieran hombres. A mí no me agarró porque ese día no estaba en la calle. Mi madre me había encomendado cuidar a mi abuela, que vivía al otro lado del barrio, porque estaba convaleciente de una operación. Pero si me hubiera visto, tal vez habría sido otra víctima del nido de las hormigas. Sin embargo, me seguía infligiendo humillaciones delante de los demás, me ponía a hacer sus encargos y me obligaba a irme de la esquina cuando estaba de mal humor. Creo que hubiera deseado las hormigas coloradas para comprobarle que también yo era un hombre. Pero él nunca me tuvo en cuenta cuando de probar hombría se trataba. Prefería al Flaco, al que le enseñaba a manejar el cuchillo. ¿Y quién no hubiera querido unas lecciones con él, siendo el más diestro con el acero? Por eso era de respeto en el barrio, bueno, también por su decisión y por el deseo constante de entrar en camorra. Después apareció con un revólver. Decían que hacía parte de una banda que cometía asaltos y mataba gente. Ese fue el tiempo en que le tuve más miedo y él, como los perros, parecía que lo olfateaba. Y yo seguía en la misma posición: sometido, esperando no ofenderlo, con el fin de que desviara su mirada hacia otro lado, que constantemente tenía puesta sobre mí. Por eso no entiendo por qué, ante su última burla, reaccioné así, gritándole de una forma desafiante delante de toda la barra. Él se quedó atónito, sorprendido de que yo me rebelara. Luego, su rostro se fue transformando hasta quedar completamente desfigurado por la ira. Yo estaba asustadísimo, esperando el peor de los castigos; sin embargo, cuando él se me abalanzó, como todo animal que se defiende del dolor, corrí con todas mis fuerzas. Pero no era suficiente, él estaba casi encima de mí, y para colmo, tomé el peor camino, pues al final había un barranco que no pensé que pudiera saltar porque tenía por lo menos cinco metros de profundidad, así que, cuando estaba al borde del precipicio, giré abruptamente a un lado logrando esquivar la caída. Lo que no pensé fue que él, el más habilidoso, el más sagaz, el más valiente que había imaginado no pudiera superar esta dificultad y se fuera de bruces hacia el vacío. Hubiera podido huir y ocultarme para salvaguardar mi vida, y esperar a que el tiempo atenuara los rencores, pero escuché sus gritos de dolor y, no sé por qué, rodeé el barranco y bajé. Él se revolcaba en el suelo sosteniéndose un brazo; su nariz estaba ensangrentada. Parecía que también se había lastimado una pierna porque trataba de ponerse de pie y no lo lograba. Me parecía incomprensible que este ser superior se viera tan frágil y expuesto ante alguien tan insignificante como yo. Su arma estaba tirada a un lado sin que él la pudiera alcanzar. Creo que haberla tomado fue un error del que siempre me lamentaré; también haberle apuntado, tembloroso —yo que jamás había cogido un revólver en mis manos— y haber apretado el gatillo en seis ocasiones. Ahora estoy muy triste. De noche me despierto sudoroso. Veo la imagen de su rostro, aterrada, los ojos desorbitados cuando sostenía el arma frente a él. Yo, que siempre lo admiré y respeté, me siento vacío porque ya no está.

 

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