Mes: noviembre 2016

El niño sin brazo

Del libro Ahora solo queda la ciudad, de Cristian Romero, les dejamos “El niño sin brazo”…

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Daniel, un niño al que le falta el brazo derecho, va a visitar a su madre en el hospital mental, acompañado de su tía. Mientras van en camino, piensa qué le dirá a su madre cuando ella le pregunte en dónde escondió su brazo y por primera vez, ya harto de esta situación, decide no responderle. Entonces se le viene a la memoria el accidente en el cual, hace más o menos dos años, perdió el brazo. La verdad es que no recuerda muy bien ese día. Su padre conducía un poco mal humorado, discutía con su madre por alguna de las tantas razones que siempre tenían a la mano para discutir, y de pronto el auto de un borracho los arrolló. Lo que Daniel sí recuerda con claridad es el instante después del accidente: el mundo al revés, los gritos de su madre, la gente tratando de ayudarlos y un dolor terrible comiéndosele el brazo por encima del codo. Luego cerró los ojos.

En realidad, no lamenta haber perdido su brazo. Lo que aún hoy le mortifica, es que ese miembro amputado se hubiese convertido en la criatura que le trastocó su mundo. Fue un solo corte. Profundo, muy profundo. Quedó colgando de hilos de carne y hueso astillado. Tal vez, reflexiona Daniel mientras siente que todo se vuelve más frío en los corredores del hospital mental, si no hubiese sucedido lo que sucedió, en casa todo seguiría en orden.
O tal vez no.

Daniel despertó unos días después del accidente, con el muñón vendado y un hambre insaciable. Aunque su padre apenas fue capaz de sonreír cuando le vio abrir los ojos, por la forma como parpadeó, Daniel notó que se sentía aliviado. Su madre, vendada, con un cuello ortopédico y varias heridas en la cara, le acariciaba la frente. En ese momento a Daniel le gustó la imprecisa sensación de ausencia en su cuerpo. A pesar de verse sin brazo, podía sentir un hormigueo llenando ese vacío, como si el brazo se siguiera moviendo en algún lugar.

Tranquilo, él está bien, le dijo su madre. Daniel no entendió. El doctor que lo chequeaba en el momento dijo: ¿Están seguros de que desean conservarlo? Daniel buscó los ojos de sus padres, tratando de encontrar una explicación, pero los dos desviaron la mirada y dijeron a coro: Sí.

La tía le dice a Daniel que los médicos están seguros de que pronto su madre se pondrá bien, y él piensa para sus adentros que todo es mentira, que su madre nunca se pondrá bien y nunca regresará a casa. Y entonces se pregunta: ¿Acaso no son mejores las cosas así? Mientras espera que su tía llene papeles y hable con el doctor, piensa en el momento en que cruzaron la puerta de su casa y vio la espalda de su madre perderse en su habitación, con el brazo acunado como si fuese un bebé, y secundada por el silencio incómodo de su padre. Sí, en ese instante fue que supo que las cosas no volverían a ser iguales. Nunca más. Ese brazo había llegado para quedarse, había llegado para ocupar un lugar que no le correspondía. La lógica en casa había cambiado drásticamente, y ahora parecía que él solo fuese un fantasma deambulando silencioso y meditabundo por sus pasillos, añorando algo que, tal vez, ni siquiera le gustaba, pero que en definitiva alcanzaba a extrañar. De eso sí estaba seguro.

En las noches, Daniel veía cómo acostaban el brazo en una cuna —la cuna que fue su cuna— en su misma habitación. La madre le hacía cariñitos, le decía lo hermoso que era, y Daniel veía asomarse esos dedos que alguna vez fueron suyos, desesperados, pidiendo más mimos. El padre siempre miraba sobre la espalda de la madre, como si observara un lagarto en un terrario, y después miraba a Daniel con la culpa brillando en sus ojos. Daniel alegaba que le buscaran otro lugar a ese brazo, pero su madre respondía: Por Dios, Daniel, es tu brazo. Y luego zanjaba la conversación con un silencio acusador, como si ese argumento fuera más que suficiente. Más tarde, escuchaba a sus padres discutir con la voz muy baja, como si así él no los fuese a escuchar. Su madre decía: Ya calla, que el brazo duerme, y la casa se sumía en un silencio ominoso reverberado por la oscuridad de la noche. Entonces Daniel, aterrado, empezaba a escuchar el pulso del brazo, allá, al otro lado de la habitación, y ese sonido irregular lo mantenía despierto hasta muy altas horas de la madrugada.

En las mañanas, muy temprano, Daniel se despertaba bastante agotado, y, cuando iba a la cocina a buscar algo para comer, encontraba a su padre tomando una taza de café, con unas pronunciadas ojeras ensombreciéndole la expresión, y mirando muy concentrado cómo el brazo se arrastraba por el suelo.

Los días siguientes fueron una masa amorfa sin nada que los diferenciara, excepto el hecho de que cada vez la atmósfera en casa se volvió más gris. Sus padres no paraban de discutir y Daniel asistía a las sesiones con el sicólogo, en las cuales guardaba un silencio inquebrantable ante cualquier pregunta que él le hacía, anhelando no tener que volver a la escuela.

Daniel camina con su tía por un sendero de piedra que atraviesa un jardín enorme, lleno de personas extrañas que hablan consigo mismas, lloran, se golpean la cabeza o miran el cielo concentradas, sin ni siquiera pestañear. Al fondo, reconoce a su madre, sentada en una silla y con los ojos clavados en el suelo. Daniel suspira y, resignado, se prepara para otra visita que con seguridad terminará igual a las demás. Cuánto daría por no tener que volver a ir a ese lugar, por no tener que volver a ver a su madre. Maldice de nuevo a ese brazo que le arruinó su tranquilidad, y lo maldice con el mismo desprecio con el que lo hacía cuando lo encontraba en medio de sus juguetes, revolcándose feliz entre ellos. En esos momentos se llenaba de impotencia al ver que esa cosa, que para él no tenía nombre, se estaba apoderando de lo que alguna vez fue suyo. Luego lo encontraba debajo de la cama. Luego en el jardín. Luego en el baño. Y su madre siempre corría histérica por la casa, dejando salir gritos de desespero, alegando que si algo le llegara a pasar a ese brazo hermoso, todos se la iban a pagar. Su padre, mientras tanto, caminaba como un alma en pena, ignorando todo a su alrededor. Y su tía, que de cuando en cuando los visitaba, le decía que no se preocupara, que pronto todo volvería a estar bien. Lo decía con ese tono por el que Daniel, hace mucho tiempo, le dejó de creer.

Su madre no los saluda. La tía le entrega unas frutas y le dice que la extrañan, que Daniel tenía muchas ganas de verla y decirle cuánto la quiere. Daniel se limita a escuchar. Y a recordar a su padre. Es en estas situaciones cuando desea poder tenerlo a su lado. Se pregunta qué estará haciendo, en dónde andará; una pregunta que ha procurado no volver a hacerse pero que, persistente, vuelve a su vida una y otra vez. Lo extraña, así no quiera aceptarlo.

Porque una mañana, no hace mucho tiempo, su padre se marchó. No dijo para dónde iba ni cuándo volvería. Y nunca volvió. A veces llamaba, al parecer desde un lugar muy lejano, porque a Daniel le daba la impresión de que su voz se escuchaba a millones de kilómetros de distancia, y sostenía una conversación de escasos minutos en la que, por lo general, se limitaba a hacer preguntas intrascendentes, como por ejemplo: ¿Cómo está el clima por allá? Su madre ni siquiera volvió a preguntar por ese hombre, para ella era como si nunca hubiese existido, pues ahora su vida giraba en torno a ese brazo asqueroso que se arrastraba por las escaleras, por la sala, por la cocina, siempre listo a indisponerle el día a Daniel. Esa deliberada indiferencia de la madre inquietó al niño, pues parecía que pronto, en cualquier momento, él también haría parte del paisaje, como un objeto más.
Su madre no dice nada durante toda la visita y, muy de vez en cuando, le regala a Daniel unas miradas llenas de desprecio. Eso a él ya le dejó de importar, ya está más que acostumbrado, y entonces recuerda lo que hizo con ese brazo del demonio y no siente el más mínimo atisbo de culpa en su interior. Esa noche sentía el brazo retorciéndose dentro de la bolsa, como un gato desesperado. Afuera hacía frío. Las noches en las calles de ese barrio siempre habían sido de lo más solitarias, pero a Daniel ya no le daba miedo. Regresó la vista a la casa y allá, en medio de los árboles, pudo ver la ventana de la habitación de su madre. La luz estaba apagada, todo marchaba según lo planeado.

Llegó al parque y, en medio de los arbustos, estaba el hoyo que durante todos esos días cavó con su única mano. Fue un trabajo difícil, pero valió la pena. Dejó caer el bulto dentro del hoyo, y el brazo, como si presintiera lo que estaba a punto de suceder, se agitó desesperado, rompiendo la bolsa con las uñas. Antes de que el brazo pudiera empezar a arrastrarse, Daniel agarró una piedra y la dejó caer sobre él. Luego lanzó otra y, para mayor seguridad, otra más. Al final, con su única mano y ayudado de sus pies, le echó tierra.

Después de eso su madre nunca pudo recuperarse. Cayó en una profunda depresión y acabó de perder la cordura. A veces amenazaba a Daniel, diciéndole que si no le confesaba en dónde estaba el brazo, lo echaría a la calle a que se muriera de frío. El padre nunca volvió a llamar y la tía se hizo cargo del niño. La madre fue internada en un hospital mental y, desde eso, Daniel trata de evadir de todas las formas posibles la obligación de ir a visitarla, pero su tía siempre termina arrastrándolo hasta ese lugar. Como hoy, por ejemplo. En este mismo instante, la madre, que nunca le habla directamente a Daniel, le dice a su hermana: Pregúntale a este niño en dónde metió el brazo; el pobre tiene frío, yo sé que tiene frío.
Daniel, al escucharla, solo sonríe y mira en otra dirección.

Fantasmagoría

Un cuento de Emilio Alberto Restrepo, perteneciente al libro Gamberros S. A., ganador de las becas de Presupuesto Participativo de Medellín.

***

Durante muchos años evoqué las tibias vibraciones de ese tranvía que rodaba por Ayacucho, atravesaba el río y me llevaba hasta La América.

En esa época yo visitaba a mi prometida de entonces. Yo no sabía que cuando nos despedíamos y abordaba de nuevo el vagón para regresar a mi barrio, ella se dedicaba a recibir a aquel sujeto bigotudo, de traje presuntuoso y sombrero bombín que llegaba en su propio auto, desde Belén, el barrio en el que vivía, mucho más cerca de su casa. Él no viajaba en tranvía. Ante eso, era muy difícil competir. Con el tiempo se convertiría en su esposo, pero no le duró mucho la dicha, porque a los pocos meses yo me encargué de que hiciera la transición a viuda sin que apenas nadie me relacionara con los hechos. Todo pasó como un desafortunado accidente. Era una simple cuestión de reparación que me debía la engañera.

Esa ha sido mi mayor ventaja: paso desapercibido, casi nadie nota mi presencia y casi nadie me echa una segunda mirada. Todavía hoy sigue siendo de la misma forma. Incluso se ha acentuado más con el paso del tiempo. Es apenas natural.

Por eso me era tan fácil escabullirme tras de aquellos malandros que atracaban borrachos o campesinos en la plaza de Cisneros o en Guayaquil y, luego de despojarlos de sus sueldos o hasta apuñalarlos, se montaban con toda la tranquilidad en el tranvía para llegar a sus casas como si nada perturbara su conciencia. Por aquellos días, yo gastaba mi tiempo en hacer el recorrido y mirar la gente y la ciudad a través de sus ventanas y ver pasar todo tipo de cosas y aburrirme de tener que quedarme callado viendo abusos, robos y maltratos sin poder hacer nada al respecto. Hasta que no me aguanté y con sigilo empecé a detectar a cada sujeto que hacía una cosa mala; entonces lo acechaba, muchas veces siguiéndolo hasta calles oscuras en las barriadas, haciéndole pagar por haber atracado a ese anciano o a ese obrerito o a esa salonera que había infamado su cuerpo con alientos y sudores de borrachos para llevarles comida a su madre y hermanitos.

Durante años, a falta de otra ocupación y totalmente convencido de la bondad de mis acciones, ejercí la justicia por mis propios medios, librando a la ciudad de muchas de esas alimañas que tanto mal le hacían a las gentes de bien, que estaban desprotegidas ante la iniquidad y el crimen. Casi nunca tuve problemas, jugaba con ventaja y al terminar la ruta llegaba a mi cuartico con la satisfacción del que hace las cosas bien hechas, con compromiso y criterio social.

Nadie lo sabía, pero me había convertido en un héroe anónimo que defendía al ciudadano del abuso y la agresión de los rufianes. Me había quedado con nadie, así que nadie me esperaba al llegar por las noches; estaba curado en asuntos de malos amores y soledades y en el tranvía tenía todo lo que necesitaba para pasar mi tiempo y detectar a aquellos que le hacían mal al prójimo, haciéndoles pagar por ello.

Tuve que parar cuando me gané una cuchillada de un ladronzuelo de dedos ágiles, más escurridizo que todos, que terminó clavándome su daga en todo el pecho. Fui a dar con mis carnitas al hospital de San Vicente, literalmente vi el túnel, recorrí oscuros e insondables senderos, pero al volver a mis andanzas no descansé hasta que el maldito terminó bajo las ruedas de una volqueta, empujado por un par de brazos obstinados contra su espalda en una de las curvas bruscas que daba el tranvía al cambiar de ruta, retomando el sentido de El Bosque de la Independencia hacia el centro.

Luego de eso, el nuevo orden de vida arrasó con muchos aspectos de la ciudad, entre ellos el tranvía de Ayacucho, que se había vuelto parte mi existencia. Sin él muchas cosas no tenían sentido, todo flotaba como en medio de una nube, la gente pasaba por mi lado sin apenas verme y me tocó conformarme con ser un sujeto pasivo contra una muchedumbre de pillos que crecía y crecía al vaivén loco de una ciudad que no hacía sino multiplicarse sin control, a un ritmo de vértigo que me hizo cruzar los brazos en una desazón que me hería de impotencia.

Ahora escucho en todas partes que el tranvía vuelve; es una realidad que vuelve y no veo la hora de montar en él y divisar de nuevo esta mole de ciudad que tanto se ha transformado. Yo no he cambiado para nada, lo he extrañado demasiado, no veo la hora de que arranque nuevamente, me imagino que a más velocidad y con menos vibraciones, pero tranvía es tranvía. Tiene una magia que no sé explicar.

Ardo en deseos de volver a montarme en él, de apoderarme de un asiento y una ventanilla y dar vueltas y vueltas en un circuito que nunca es igual al otro. Me veo discreto, callado, haciéndome el desentendido, pero sin bajar la guardia, siempre alerta y vigilante. No veo la hora de estar pendiente y observar con disimulo a los malos que siempre están rondando a los buenos para tratar de dar el zarpazo, pretendiendo pasar impunes y sin un rasguño.

Después de su golpe vendrá el mío, de eso pueden estar seguros, y ya no tengo nada que perder.

Extraño los buenos tiempos, y sé que puedo recuperar las sensaciones de los mejores años y volver a sentir todo eso que sentía, ese regocijo, ese aturdimiento, esa pasión que me embargaba cuando hacía justicia con mis manos, incluso cuando todavía estaba vivo. Ahora con mayor razón.

Ese ha sido mi destino desde siempre: vivir para regocijarme de la venganza justiciera que me alimentaba y morir en mi ley, nadando en esas pantanosas aguas de la revancha. En este instante ya no veo la hora de tener una nueva oportunidad en el tranvía de Ayacucho, ahora que mis carnes se han vuelto inmunes a los cuchillos, a los golpes, a las balas, al olvido…