Fantasmagoría

Un cuento de Emilio Alberto Restrepo, perteneciente al libro Gamberros S. A., ganador de las becas de Presupuesto Participativo de Medellín.

***

Durante muchos años evoqué las tibias vibraciones de ese tranvía que rodaba por Ayacucho, atravesaba el río y me llevaba hasta La América.

En esa época yo visitaba a mi prometida de entonces. Yo no sabía que cuando nos despedíamos y abordaba de nuevo el vagón para regresar a mi barrio, ella se dedicaba a recibir a aquel sujeto bigotudo, de traje presuntuoso y sombrero bombín que llegaba en su propio auto, desde Belén, el barrio en el que vivía, mucho más cerca de su casa. Él no viajaba en tranvía. Ante eso, era muy difícil competir. Con el tiempo se convertiría en su esposo, pero no le duró mucho la dicha, porque a los pocos meses yo me encargué de que hiciera la transición a viuda sin que apenas nadie me relacionara con los hechos. Todo pasó como un desafortunado accidente. Era una simple cuestión de reparación que me debía la engañera.

Esa ha sido mi mayor ventaja: paso desapercibido, casi nadie nota mi presencia y casi nadie me echa una segunda mirada. Todavía hoy sigue siendo de la misma forma. Incluso se ha acentuado más con el paso del tiempo. Es apenas natural.

Por eso me era tan fácil escabullirme tras de aquellos malandros que atracaban borrachos o campesinos en la plaza de Cisneros o en Guayaquil y, luego de despojarlos de sus sueldos o hasta apuñalarlos, se montaban con toda la tranquilidad en el tranvía para llegar a sus casas como si nada perturbara su conciencia. Por aquellos días, yo gastaba mi tiempo en hacer el recorrido y mirar la gente y la ciudad a través de sus ventanas y ver pasar todo tipo de cosas y aburrirme de tener que quedarme callado viendo abusos, robos y maltratos sin poder hacer nada al respecto. Hasta que no me aguanté y con sigilo empecé a detectar a cada sujeto que hacía una cosa mala; entonces lo acechaba, muchas veces siguiéndolo hasta calles oscuras en las barriadas, haciéndole pagar por haber atracado a ese anciano o a ese obrerito o a esa salonera que había infamado su cuerpo con alientos y sudores de borrachos para llevarles comida a su madre y hermanitos.

Durante años, a falta de otra ocupación y totalmente convencido de la bondad de mis acciones, ejercí la justicia por mis propios medios, librando a la ciudad de muchas de esas alimañas que tanto mal le hacían a las gentes de bien, que estaban desprotegidas ante la iniquidad y el crimen. Casi nunca tuve problemas, jugaba con ventaja y al terminar la ruta llegaba a mi cuartico con la satisfacción del que hace las cosas bien hechas, con compromiso y criterio social.

Nadie lo sabía, pero me había convertido en un héroe anónimo que defendía al ciudadano del abuso y la agresión de los rufianes. Me había quedado con nadie, así que nadie me esperaba al llegar por las noches; estaba curado en asuntos de malos amores y soledades y en el tranvía tenía todo lo que necesitaba para pasar mi tiempo y detectar a aquellos que le hacían mal al prójimo, haciéndoles pagar por ello.

Tuve que parar cuando me gané una cuchillada de un ladronzuelo de dedos ágiles, más escurridizo que todos, que terminó clavándome su daga en todo el pecho. Fui a dar con mis carnitas al hospital de San Vicente, literalmente vi el túnel, recorrí oscuros e insondables senderos, pero al volver a mis andanzas no descansé hasta que el maldito terminó bajo las ruedas de una volqueta, empujado por un par de brazos obstinados contra su espalda en una de las curvas bruscas que daba el tranvía al cambiar de ruta, retomando el sentido de El Bosque de la Independencia hacia el centro.

Luego de eso, el nuevo orden de vida arrasó con muchos aspectos de la ciudad, entre ellos el tranvía de Ayacucho, que se había vuelto parte mi existencia. Sin él muchas cosas no tenían sentido, todo flotaba como en medio de una nube, la gente pasaba por mi lado sin apenas verme y me tocó conformarme con ser un sujeto pasivo contra una muchedumbre de pillos que crecía y crecía al vaivén loco de una ciudad que no hacía sino multiplicarse sin control, a un ritmo de vértigo que me hizo cruzar los brazos en una desazón que me hería de impotencia.

Ahora escucho en todas partes que el tranvía vuelve; es una realidad que vuelve y no veo la hora de montar en él y divisar de nuevo esta mole de ciudad que tanto se ha transformado. Yo no he cambiado para nada, lo he extrañado demasiado, no veo la hora de que arranque nuevamente, me imagino que a más velocidad y con menos vibraciones, pero tranvía es tranvía. Tiene una magia que no sé explicar.

Ardo en deseos de volver a montarme en él, de apoderarme de un asiento y una ventanilla y dar vueltas y vueltas en un circuito que nunca es igual al otro. Me veo discreto, callado, haciéndome el desentendido, pero sin bajar la guardia, siempre alerta y vigilante. No veo la hora de estar pendiente y observar con disimulo a los malos que siempre están rondando a los buenos para tratar de dar el zarpazo, pretendiendo pasar impunes y sin un rasguño.

Después de su golpe vendrá el mío, de eso pueden estar seguros, y ya no tengo nada que perder.

Extraño los buenos tiempos, y sé que puedo recuperar las sensaciones de los mejores años y volver a sentir todo eso que sentía, ese regocijo, ese aturdimiento, esa pasión que me embargaba cuando hacía justicia con mis manos, incluso cuando todavía estaba vivo. Ahora con mayor razón.

Ese ha sido mi destino desde siempre: vivir para regocijarme de la venganza justiciera que me alimentaba y morir en mi ley, nadando en esas pantanosas aguas de la revancha. En este instante ya no veo la hora de tener una nueva oportunidad en el tranvía de Ayacucho, ahora que mis carnes se han vuelto inmunes a los cuchillos, a los golpes, a las balas, al olvido…

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